La frase «con el corazón al sur» engarza punto cardinal y órgano vital para nombrar los cuarenta y dos poemas que reúne esta antología. Y no es azarosa la intervención en clave sural del verso de Eladia Blázquez —quien se abrió paso, hacia la década del setenta, en el universo viril del tango—, pues aquí hablamos de una poesía escrita por mujeres heterogénea, en cuanto a orientaciones estéticas, unida en la honra hacia sus ancestras, en el devenir de la creación de una matria y en la desobediencia de un panteón que, aun iniciado el siglo XXI, quiso suponerse predominantemente masculino y patriarcal. Se trata de la posición poética y política de una enunciación que, aun en su individualidad, traza una hermandad de voces que portan, y en ocasiones transfieren —en el sentido de un legado— cicatrices: madres, abuelas, hijas y hermanas son convocadas al ritual del poema.
Mientras Occidente hizo del corazón la sede de los sentimientos, precisa Jean Chevalier en El diccionario de los símbolos, otras culturas tradicionales localizan allí, por el contrario, la inteligencia, sabiduría e intuición. ¿Qué implica, entonces, orientar el corazón hacia el sur? Podríamos acaso situar al poema en el lugar del corazón, de modo que las poetas delinean en el verso una dirección hacia el centro mismo de sus creaciones. Allí no hay una sola voz, el ritual de la escritura supone circulación, congregación profana de lo común.
Silvia Mellado
Con el corazón mirando al sur - AAVV. Once poetas argentinas
La frase «con el corazón al sur» engarza punto cardinal y órgano vital para nombrar los cuarenta y dos poemas que reúne esta antología. Y no es azarosa la intervención en clave sural del verso de Eladia Blázquez —quien se abrió paso, hacia la década del setenta, en el universo viril del tango—, pues aquí hablamos de una poesía escrita por mujeres heterogénea, en cuanto a orientaciones estéticas, unida en la honra hacia sus ancestras, en el devenir de la creación de una matria y en la desobediencia de un panteón que, aun iniciado el siglo XXI, quiso suponerse predominantemente masculino y patriarcal. Se trata de la posición poética y política de una enunciación que, aun en su individualidad, traza una hermandad de voces que portan, y en ocasiones transfieren —en el sentido de un legado— cicatrices: madres, abuelas, hijas y hermanas son convocadas al ritual del poema.
Mientras Occidente hizo del corazón la sede de los sentimientos, precisa Jean Chevalier en El diccionario de los símbolos, otras culturas tradicionales localizan allí, por el contrario, la inteligencia, sabiduría e intuición. ¿Qué implica, entonces, orientar el corazón hacia el sur? Podríamos acaso situar al poema en el lugar del corazón, de modo que las poetas delinean en el verso una dirección hacia el centro mismo de sus creaciones. Allí no hay una sola voz, el ritual de la escritura supone circulación, congregación profana de lo común.
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