«No somos una excepción. Aunque se hayan conjugado elementos tan inusuales como desafortunados. Aunque, también, hayamos gozado de ciertos privilegios, como la prepaga y la posibilidad de contratar cuidadoras. Pero no es excepcional la violencia, ni tampoco la mala praxis, ni mucho menos el haber quedado aplastadas bajo la impunidad de la corporación médica y sus tácticas de ocultamiento y control de daños. Lo excepcional es, en tal caso, nuestra vigilancia foucoultiana, el haber visto y oído lo que, en general, permanece del otro lado de la puerta que separa al enfermo de las visitas, y lo que sólo padece quien queda confinado y a su suerte, muchas veces incapaz de testimoniar y, muchas otras, simplemente sin ser escuchado. Lo paradójico es que, aun así –la guardia constante, la paranoia que nos mantiene alertas, la querella que tanto enardece a médicos y enfermeros, el análisis minucioso de cada indicación, cada estudio, cada tratamiento– no haya sido suficiente, no haya alcanzado para minimizar el daño. Tanta es la paradoja que, por momentos, me gustaría sumergirme en la felicidad de la ignorancia y creer, con dolorosa resignación, que mi madre va a morir a su tiempo, que extrajeron el tumor completo y encapsulado, que lo único que podemos hacer es dejarla morir. Pero como Alicia –la de Carroll y la que es mi madre– ya estamos del otro lado del espejo, y no hay forma de volver al mundo donde todo es lo que parece ser».
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María Magdalena lee, escribe y edita. Practica el psicoanálisis y la poesía. Su madre le transmitió el ritual de la escritura.
Como un puñal en la carne - María Magdalena
«No somos una excepción. Aunque se hayan conjugado elementos tan inusuales como desafortunados. Aunque, también, hayamos gozado de ciertos privilegios, como la prepaga y la posibilidad de contratar cuidadoras. Pero no es excepcional la violencia, ni tampoco la mala praxis, ni mucho menos el haber quedado aplastadas bajo la impunidad de la corporación médica y sus tácticas de ocultamiento y control de daños. Lo excepcional es, en tal caso, nuestra vigilancia foucoultiana, el haber visto y oído lo que, en general, permanece del otro lado de la puerta que separa al enfermo de las visitas, y lo que sólo padece quien queda confinado y a su suerte, muchas veces incapaz de testimoniar y, muchas otras, simplemente sin ser escuchado. Lo paradójico es que, aun así –la guardia constante, la paranoia que nos mantiene alertas, la querella que tanto enardece a médicos y enfermeros, el análisis minucioso de cada indicación, cada estudio, cada tratamiento– no haya sido suficiente, no haya alcanzado para minimizar el daño. Tanta es la paradoja que, por momentos, me gustaría sumergirme en la felicidad de la ignorancia y creer, con dolorosa resignación, que mi madre va a morir a su tiempo, que extrajeron el tumor completo y encapsulado, que lo único que podemos hacer es dejarla morir. Pero como Alicia –la de Carroll y la que es mi madre– ya estamos del otro lado del espejo, y no hay forma de volver al mundo donde todo es lo que parece ser».
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