Todo convive en la escritura de Cecilia: los recuerdos, el dolor, las alegrías inciertas, las recetas familiares, la nostalgia de lo que fue y de, mucho peor. lo que no fue. Las profecías incumplidas y las que se hicieron carne en nuestra carne y aún así intentamos no creer, como las Casandras que somos de nosotros mismos. Ríos, lagos, arroyos, desiertos, la Patagonia en todo su macabro esplendor. El hambre. La guerra y sus burocracias. Todas las guerras, las manifiestas y las que no se ven, las previas y las actuales. Fragmentos de infancia que vienen a rescatar algo y voces, voces, voces, dentro y fuera, propias y ajenas, voces, todas las voces. El amor, claro, siempre el amor. Pero, sobre todo, lo no dicho, lo ominoso construido desde las cosas más simples del cotidiano, un plato, un pan, canciones infantiles, una palabra, un gesto. Personajes que son niños, ollas, cerdos o simplemente presencias invisibles hablando desde el vacío. Nada es lo que parece y por eso nos golpea, haciendo poesía de lo evidente. Dice un personaje no le temas a la palabra que sobrevuela los días domésticos, con sus alas de falsa inocencia. Pero le tememos, sí, porque al final, tal vez nada pueda ser salvado a pesar del intenso viaje alucinatorio.
Debería intentar una explicación del titulo, ¿verdad? Que si latas de cornedbeef, que si correos no deseados, pero no, no me dan ganas. Que cual le encuentre su propia vuelta.
El trabajo de Cecilia es de alto calibre poético, es poesía sin lugar a dudas y, muy probablemente, también sea teatro más allá del título. Solo falta quien se anime a ponerlo en un escenario. Este texto lo merece.
Federico Roca
SPAM - CECILIA PÉREZ
Todo convive en la escritura de Cecilia: los recuerdos, el dolor, las alegrías inciertas, las recetas familiares, la nostalgia de lo que fue y de, mucho peor. lo que no fue. Las profecías incumplidas y las que se hicieron carne en nuestra carne y aún así intentamos no creer, como las Casandras que somos de nosotros mismos. Ríos, lagos, arroyos, desiertos, la Patagonia en todo su macabro esplendor. El hambre. La guerra y sus burocracias. Todas las guerras, las manifiestas y las que no se ven, las previas y las actuales. Fragmentos de infancia que vienen a rescatar algo y voces, voces, voces, dentro y fuera, propias y ajenas, voces, todas las voces. El amor, claro, siempre el amor. Pero, sobre todo, lo no dicho, lo ominoso construido desde las cosas más simples del cotidiano, un plato, un pan, canciones infantiles, una palabra, un gesto. Personajes que son niños, ollas, cerdos o simplemente presencias invisibles hablando desde el vacío. Nada es lo que parece y por eso nos golpea, haciendo poesía de lo evidente. Dice un personaje no le temas a la palabra que sobrevuela los días domésticos, con sus alas de falsa inocencia. Pero le tememos, sí, porque al final, tal vez nada pueda ser salvado a pesar del intenso viaje alucinatorio.
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