¿Cómo es Lugano cuando llueve? Este invierno llovió mucho.
Las calles con agua de una vereda a otra como en el Centenario, barrio de Estela Figueroa con quien hemos compartido estas cosas.
Me puse mis botas y mi escafandra y me fui a las seis al bar cercano a casa, no sin antes besar a mi madre, como pidiendo perdón por la traición que iba a cometer: todos los domingos me veía con mi padre.
-: Te espero desde las cinco, me decía siempre a modo de recibimiento. Tenía la nariz y las mejillas del color del vino. Él hacía una seña al mozo y la mesa al instante estaba colmada de comida chatarra que yo devoraba en un instante. Otra seña y el vacío estaba otra vez colmado de tortas que yo, en mi sed de amor, deglutía. Así fue como me convertí en el chico más gordo de la escuela.
Distinta era la actitud de mi gran amiga Estela Figueroa. Cuando llegaba los viernes a la tarde de la escuela, si no había en la mesa dulce de leche Marymil, lloraba en silencio. En su casa por imposición del padre estaba prohibido llorar. Parece que lo consideraba propio de los débiles. Padre sólo permitía que su madre se desmayara haciendo el arco histérico los días de la madre. Entonces él llamaba a un médico que vivía a dos cuadras de casa, que entraba corriendo por el pasillo y le ponía una jeringa de Valium.
LUGANO 1 Y 2 - PATRICIO FOGLIA
¿Cómo es Lugano cuando llueve? Este invierno llovió mucho.
Las calles con agua de una vereda a otra como en el Centenario, barrio de Estela Figueroa con quien hemos compartido estas cosas.
Me puse mis botas y mi escafandra y me fui a las seis al bar cercano a casa, no sin antes besar a mi madre, como pidiendo perdón por la traición que iba a cometer: todos los domingos me veía con mi padre.
-: Te espero desde las cinco, me decía siempre a modo de recibimiento. Tenía la nariz y las mejillas del color del vino. Él hacía una seña al mozo y la mesa al instante estaba colmada de comida chatarra que yo devoraba en un instante. Otra seña y el vacío estaba otra vez colmado de tortas que yo, en mi sed de amor, deglutía. Así fue como me convertí en el chico más gordo de la escuela.
Distinta era la actitud de mi gran amiga Estela Figueroa. Cuando llegaba los viernes a la tarde de la escuela, si no había en la mesa dulce de leche Marymil, lloraba en silencio. En su casa por imposición del padre estaba prohibido llorar. Parece que lo consideraba propio de los débiles. Padre sólo permitía que su madre se desmayara haciendo el arco histérico los días de la madre. Entonces él llamaba a un médico que vivía a dos cuadras de casa, que entraba corriendo por el pasillo y le ponía una jeringa de Valium.
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