La lengua de Mexico city se afila en esa piedra angulosa del despeñadero de certezas, yéndose de párrafos por un textil de inscripciones que se desdoblan, por autopermiso de continuum, para despensarse, si se quiere, al puntiforme despellejar, ya ni sobria ni ebria (mas inebriante) pero probable alegoría sobre el trance. Trataríase sin embargo de un trans no certificador, pues, como en Rilke, la belleza sería “ese grado de lo terrible que todavía soportamos” —mientras el estilo consistiría en dejarse traspasar.
Escrito que supura, pletórico de pústulas y costras semántico-anímicas, elementos cortantes en relación a lo vincular. Instantáneas hiperrealistas con armas blancas y ese otro blancor, no menos hiriente, de incontables resacas y en estrato. Exactitudes prismáticas de circular inconclusión: al modo arbitrario de la realidad.
Con tal ambigua radiación de lo vivido, convulso fruto verbalescente o quizá jugo de avatar de un otro teatro de la crueldad, Mexico city nos devuelve a las posibilidades experiencialmente iniciáticas del fraseo. Al menos sabía que sólo se busca lo que en la búsqueda misma se pierde.
Reynaldo Jiménez
MÉXICO CITY de Carlos Riccardo
La lengua de Mexico city se afila en esa piedra angulosa del despeñadero de certezas, yéndose de párrafos por un textil de inscripciones que se desdoblan, por autopermiso de continuum, para despensarse, si se quiere, al puntiforme despellejar, ya ni sobria ni ebria (mas inebriante) pero probable alegoría sobre el trance. Trataríase sin embargo de un trans no certificador, pues, como en Rilke, la belleza sería “ese grado de lo terrible que todavía soportamos” —mientras el estilo consistiría en dejarse traspasar.
Escrito que supura, pletórico de pústulas y costras semántico-anímicas, elementos cortantes en relación a lo vincular. Instantáneas hiperrealistas con armas blancas y ese otro blancor, no menos hiriente, de incontables resacas y en estrato. Exactitudes prismáticas de circular inconclusión: al modo arbitrario de la realidad.
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